Nunca se es muy joven para ser señora y para sentir que la vejez llegó antes de tiempo o que simplemente, nacimos con un alma vieja y no en el sentido romántico de la expresión, sino más bien con el alma de tía novelera, fan #1 de Juan Gabriel y la música de planchar, que se toma las medias tardes y es experta en refranes.

Estar en plenos veinte, pero sentir el peso de ser tía es como ser Cenicienta: no importa en donde estemos, no importa qué tan buena esté la rumba porque después de media noche se nos acaba el hechizo, como si la vida fuera la novela de las tres la tarde y para hacerle honor a nuestra edad espiritual nos despedimos de los 20 para automáticamente sentir una necesidad increíble de irnos a dormir.

No solo pasa con las salidas en la noche y la vida a lo Lindsay Lohan que una vez quisimos tener, sino que nos volvemos sumamente creativas con una lista de excusas que van desde “sorry, me quedé dormida” hasta “¡tengo una gripa! No sabes *Emoji de gripa*” y a todas nos ha pasado, todas hemos vivido esos momentos en donde cancelar una hora antes para ahogarse en crispetas y ver Netflix suena muchísimo mejor que tener que parase de la cama, a menos que sea para recibir un domicilio.

Muchas veces no es falta de ganas, porque podemos llevar días esperando con ansias el evento, la salida con el bizcocho o la fiesta de la vida… pero justo antes de la fecha tan esperada comenzamos a buscar situaciones de último momento, gripas y dolores de cabeza y es ahí donde la metáfora de ser Cenicienta se convierte en un síndrome y es oficial: si hubiéramos estado en la posición de Cenicienta nos quedamos con el vestido y las zapatillas de cristal, cambiábamos la carroza por un caja de pizza y una chick flick para pasar el resto de la noche.

Son incontables las veces que hemos confirmado y armado planes sabiendo desde el principio estamos seguras de que no vamos a ir. Nuestra frase favorita y que nos ha salvado de muchas salidas poco deseadas es: “¿dónde van a estar? Yo les llego”. Es ley de la naturaleza que en el momento en que enviamos esa frase, ya estamos en la cama, empijamadas y lo único que esperamos con la misma ilusión que se esperaría a un hada madrina, es la hamburguesa con papitas a la francesa que acabamos de ordenar.

Con el tiempo nuestros amigos comienzan a detectar nuestra lista de excusas, para hacerse a la idea de que preferimos pasar la vida de siesta en siesta y no de fiesta en fiesta, que querer dormir temprano es un asunto prioritario, que somos expertas cuidando guayabos, conocemos de remedios y agüitas millenarias, perfectas recomendando películas y series, conocemos los mejores domicilios de la ciudad y casi que deberían contratarnos de catadoras de comida rápida los fines de semana.

Pero el síndrome puede ir y venir, porque ni para Cenicienta todo se trataba de domicilios, películas y ganas de dormir toda la vida, el lado divertido de creernos Cenicienta es que una vez decidimos salir y dejar las excusas a un lado. Somos casi que una aparición divina y un milagro, mejor dicho; salimos una vez al año pero salimos descrestando, nunca faltan los “¡qué milagro que viniste!”, besito va, besito viene, y así como en el cuento, después del baile, el coqueteo y unos tragos nos vamos sin que nadie se dé cuenta y sin importar si dejamos las zapatillas de cristal o uno que otro corazón roto.

Al fin y al cabo no tenemos que salir buscando a ningún príncipe, pero si se da el caso, así como el príncipe buscó a la dueña de la zapatilla por todo el pueblo, los bizcochos de hoy en día son igual de recursivos y probablemente terminen buscando el WhatsApp o el Instragram de la Lolita que le dijo que iba al baño pero nunca más volvió.